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La Coctelera

Curarse en Argentina?

NOTA: Este artículo no tiene de bueno más que poner en la página 30 -del "gran diario argentino", que miente pero no desde ahora pero tampoco es el único que miente- una somera, superficial y poco analizada descripción de algo de lo que pasa en la "salud" en Argentina. Las pocas veces que hay información sobre el tema en los diarios suele tener esta calidad. Ocasionalmente en Página/12 alguien se preocupa por un tema y sale algo más (y referentes de salud de pensamiento cercano al nuestro a veces aparecen dando valiosas opiniones). Hubo incluso algunas oportunidades en que hemos podido decir alguna cosa y colaborado en alguna producción, especialmente en medicamentos (aunque una de las veces se trató más que otra cosa de una "oportunidad", válida y bienvenida, pero solo eso, de caerle a Macri.... por algo que antes nadie hizo bien, cuando pudo, en la Ciudad). En Crítica es también ocasional, y su periodista sobre el tema "desaprovecha" lo que podría hacer con mucha más contundencia y calidad, seguramente en parte porque no logra tampoco instalar el tema como lo merece. Es que parece que no vende si no se titula con catástrofes o con operaciones políticas o se liga a un hecho más o menos notorio, pero casi nunca se analiza.
Como en Chile con el terremoto, hace falta algún episodio brutal para que algo salga a la luz, durante los 15 minutos de Warhol, episodio que ha mostrado el "éxito" del "modelo chileno" que la Concertación ha ayudado a construir y ha propagandizado como tal, desgarrándose las vestiduras sobre cómo luego le entrega el "triunfo" del sistema sobre la conciencia -aquella definición clásica de ideología- a quien mejor la representa.
La cosa es mucho más grave y más estructural de lo que aquí se dice. Un año de espera no es una incomodidad. En algunos casos equivale a la muerte (y no solo la muerte; una penosa sobrevida hasta ella, extinguir la esperanzas cada día...episodios que acercan a la muerte y la "desafían" en el imaginario, haciendo un horror para la persona y para su familia) y en la mayoría de quienes no mueren implica una sobrevida posterior en peores condiciones, más onerosas desde todo punto de vista. Y si el Estado o las Obras Sociales o las "prepagas" debieran -siempre "debieran", pero (in)justamente se trata de que harán lo (im)posible para dejar a la persona en su sufrimiento y en su muerte a solas- hacerse cargo, lo harían también de un modo más oneroso, y ese probablemente sea el "secreto de sus ojos"; mirar a un costado hasta lograr desentenderse. Y ese es precisamente el plano que separa la concepción de la salud como derecho de la situación en la que estamos: como mucho -y como en otros planos- algo de lo mayestático (tanto en el de reducido número de personas que deciden por todxs como en el sentido de su magnánima y graciosa concesión de dádivas miserables) es visto como algo "apreciable", pero es absolutamente contrario al derecho. La salud (como el trabajo, como la dignidad, como otras cuantas cosas) se impone como -o resulta en- una situación de expropiación de derechos de la gente, a la cual se le devuelve en forma de mercancía.... si la puede adquirir, o de dádiva asistencialista... si no puede. El tema del derecho, insisto, queda excluido. Del mismo modo que los aplausos oficialistas sobre el "ingreso no-universal" por hijo -y por hija, claro- aturden en el auditorio, para impedir analizar que se concede como algo opuesto al derecho, y a mucha gente esto le parece menor, precisamente porque no considera seriamente que la gente tiene derechos, que cada sujetx debe entenderse como titular de derecho -es decir, ser capaz de demandar por él y obligar al Estado, en este caso, a cumplirlo- lo que queda anulado si al lado se le impone la obligación de cumplir con requisitos que el mismo Estado garantiza que sean escasos.
Como decía alguien....NO hay derecho.
Un saludo
Gonzalo
PD: Por supuesto hay que agregar que hay problemas (y hay aquí cierta referencia) que alguna repercusión han tenido en algunos medios, sobre los conflictos de lxs trabajadorxs de salud, que con o quizá antes que el tema salarial, exigen un cambio en el sistema -y en su concepción- de salud, una inversión como la que se reclama desde hace decenas de años y que no cambió en los últimos, adaptándose, en realidad, cada vez más a los dictados sobre el tema del Banco Mundial. Si poco o nada se ha avanzado en el tema del derecho a la salud, tampoco ha ocurrido -en general- en la mejora de los derechos de lxs trabajadorxs de la salud. Y no parece casual
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Curarse en la Argentina es una odisea para el paciente

Graves problemas en hospitales públicos y privados. Hay seis meses de demora para pedir turno. Y de un año para operarse. En el Gutiérrez unos 4.500 chicos están en lista de espera para cirugía. También crecieron las quejas en contra de las prepagas.


La tarde en que a Zaira, la nena de 6 años, un árbol le partió la cabeza, en la locura por salvarle la vida, a su papá se le pasó un detalle: "En el Hospital Durand los médicos tuvieron que improvisar un cuello ortopédico con vendas y tuvieron que sacarse los cinturones para inmovilizarla en una tabla. Después nos dijeron que la trasladáramos porque si la dejábamos ahí se nos moría", contó a Clarín. Este caso, una muerte en Santiago del Estero en la que los familiares denunciaron falta de atención médica, la muerte de dos turistas en Córdoba (ver aparte) y el estado del Hospital Lagleyze –que sigue cerrado después de la inundación–, mostraron las falencias del sistema de salud: ¿Qué tan paciente hay que ser cuando se es paciente en Argentina?
Algunos datos obtenidos de fuentes médicas de la Ciudad de Buenos Aires son elocuentes: por falta de anestesistas, en el Hospital Udaondo hay que esperar 6 meses para hacerse una colonoscopia. En el Zubizarreta, también hay 6 meses de espera para una cirugía ginecológica. Lo mismo pasa en el Durand si se necesita una cirugía biliar. Pero puede ser peor: un informe de la Defensoría del Pueblo de la Ciudad de 2009 indicó que en el Hospital de niños Gutiérrez hay 4.500 chicos que esperan ser operados. 
En la provincia de Buenos Aires acceder a la salud en los 77 hospitales públicos no suele ser fácil: los consultorios están desbordados, las guardias funcionan al límite y los pacientes deben hacer filas de madrugada. Tres ejemplos: "En el Hospital Posadas una cirugía laparoscópica de vesícula puede demorar hasta 6 meses. Una cirugía infantil por una malformación congénita, puede tardar un año. Lógicamente, muchos chicos no llegan", contó Luis Canievsky, médico del hospital. Silvia Bocalandro, ginecóloga del Hospital Perón, en Avellaneda, sumó: "A veces tenemos que suspender cirugías porque no hay anestesistas, ropa o instrumentadores. Con lo difícil que es lograr que se hagan un Papanicolau nos juega en contra que los resultados demoren 4 meses porque no hay patólogo". Teresa Sosa, médica del Hospital Fiorito y miembro de CICOP agregó: "Han llegado a faltar reactivos y sin eso no podemos recibir donaciones de sangre. No es poco: nos podemos quedar sin sangre". 
En otras provincias el panorama tampoco es alentador: en Rosario, Santa Fe, "hay serios problemas con las listas de espera", admitió a Clarín el secretario de Salud, Lelio Manguiaterra. Además, las trabas se deben al deterioro: el lunes, en los consultorios de pediatría del hospital Roque Sáenz Peña se cayó el cielo raso. Mientras, Fernanda Bariotti, médica del Hospital Provincial de Rosario aportó anoche otro ejemplo: "Hay un año de espera para conseguir turno con una psicopedagoga". 

En el Hospital Regional de Santiago del Estero, después de un conflicto que duró 5 meses, la consulta diaria y más de 60 cirugías tuvieron que postergarse. En la Defensoría del Pueblo de la Nación recibieron 155 reclamos. 
Volviendo a la Ciudad de Buenos Aires, el problema en los hospitales públicos no es nuevo ni exclusivo de esta gestión: un relevamiento de 2006 de la Defensoría porteña basado en datos proporcionados por los mismos centros de salud arrojó que en el Hospital Fernández una cirugía cardiovascular podía demorar 3 años. El dato no es menor: en Argentina las enfermedades cardiovasculares son la primera causa de morbimortalidad en adultos. 
"A veces faltan anestesiólogos, a veces hay quirófanos pero están fuera de funcionamiento. Las urgencias que entran por guardia saturan las camas de terapia intensiva y en el medio están los pacientes que pueden no llegar a la cirugía o, cuando lo logran, su cuadro clínico es mucho más grave", opinó Carlos Niccolini, sanitarista y jefe del área del "Derecho a la salud" de la Defensoría porteña.

Allí, el año pasado, el "derecho a la salud" fue el segundo motivo de consulta (recibieron 1.100 reclamos). La "falta de acceso a medicamentos" fue el reclamo más frecuente (este ítem se duplicó con respecto a 2008). Le siguieron la dificultad para obtener insumos y prótesis y las demoras en turnos para cirugías y estudios. 

Juan Videla es médico del Hospital Muñiz: "Por la falta de salas de aislamiento respiratorio no podemos internar a todos los pacientes que lo requieren: casi no hay día en que no se rechacen 3 o 4 pacientes". Y Francisco Pedrouzo es neumonólogo del Hospital Penna: "Tenemos un servicio de neurocirugía pero el tomógrafo quedó obsoleto y nunca se repuso. Después de la crisis de 2001 casi se triplicó la consulta pero hay cada vez menos personal y menos posibilidad de hacer estudios sin demoras. Los pacientes vienen a las 3 de la mañana para conseguir un turno o varias veces para conseguir un medicamento", dice. Y resume una carencia que se repite en el país: "No sirven los parches, los que falta es un proyecto de salud". 
Informes: corresponsalías de la plata, S. del Estero y Rosario.

SALUD, MARGINACIÓN Y EXCLUSIÓN SOCIAL / Apuntes sobre la (in)justicia y el acceso a la salud

Salud, marginación y exclusión social

Apuntes sobre la (in)justicia y el acceso a la salud

Dr. Gonzalo Moyano*

1. De la marginación de necesarios eventuales a la exclusión de deshechables permanentes

Si un individuo produce a otro un daño físico tal, que el golpe le causa la muerte, llamamos a eso homicidio; si el autor supiera, de antemano, que el daño va a ser mortal, llamaremos a su acción asesinato premeditado. Pero si la sociedad reduce a centenares de proletarios a un estado tal, que, necesariamente, caen víctimas de una muerte prematura y antinatural, de una muerte tan violenta como la muerte por medio de la espada o de una maza; si impide a millares de individuos las condiciones necesarias para la vida, si los coloca en un estado en que no pueden vivir, si los constriñe, con el fuerte brazo de la ley, a permanecer en tal estado hasta la muerte, muerte que debe ser la consecuencia de ese estado; si esa sociedad sabe, y lo sabe muy bien, que esos millares de individuos deben caer víctimas de tales condiciones, y, sin embargo, deja que perdure tal estado de cosas, ello constituye, justamente, un asesinato premeditado, como la acción del individuo, solamente que un asesinato más oculto, más pérfido, un asesinato contra el cual nadie puede defenderse, que no lo parece, porque no se ve al autor, porque es la obra de todos y  de ninguno, porque la muerte de la víctima parece natural y porque no es tanto un pecado de acción como un pecado de omisión. Pero ello no deja de ser un asesinato premeditado.

Federico Engels. La situación de la clase obrera en Inglaterra

La cuestión de la integración y la marginación formó parte del proceso de constitución de la sociedad capitalista que –hasta ahora– nos organiza.

La promesa de progreso presidió los cambios que se fueron produciendo, por lo menos desde el siglo XVII. El centro de la transformación, claro, fue Inglaterra. En 1607, un documento oficial destinado a ser utiliza­do por los Señores del Reino planteaba en una sola frase las expectativas acerca del cambio social:

“El hombre pobre verá colmados sus deseos: la vivienda; y el gentilhombre no verá peligrar los suyos: las mejoras”.[1]

Es bastante lícito, luego de cuatro siglos, sospechar que si eso se decía, era que se estaba previendo lo contrario: así, se propuso –y se impuso– la política del alambramiento[2] de la tierra (enclosure), y bien se ha dicho que la revolución incipiente en esa época fue la de los ricos contra los pobres[3].

“Los señores y los nobles cambiaban com­pletamente el orden social y quebrantaban los viejos dere­chos y costumbres, utilizando en ocasiones la violencia y casi siempre las presiones y la intimidación. En sentido estricto, robaban su parte de los bienes comunales a los pobres y destruían las casas que éstos, gracias a la fuerza indoblegable de la costumbre, habían considerado duran­te mucho tiempo como algo que les pertenecía a ellos y a sus herederos. El tejido de la sociedad se desgarraba; las aldeas abandonadas y las casas en ruinas constituían un buen testimonio de la violencia con la que la revolución arrasaba, poniendo en peligro las defensas del país, devas­tando sus pueblos, diezmando su población, transforman­do en polvo una tierra agotada, hostigando a sus habi­tantes y transformándolos, de honestos labradores que ha­bían sido, en una turba de mendigos y ladrones.”[4]

Tal situación provocó la necesidad de considerar cómo iban a implementarse modos de cohesión social que no se llevaran por delante toda la organización colectiva. Una serie de normas conocidas como Ley de Pobres (Speenhamland[5], ley de domicilio, y otras estrategias como las workhouse, etc.), complementarias, contradictorias, opuestas, sucesivas, fueron organizando el modo en que se supone que se evitaba que los pobres fueran arrasados ya por la violencia explícita ya por el hambre o por el abanico de sometimientos que se despliegan entre una y otra, casi siempre fracasando.

Así, se ensayaron diversas estrategias, que dejaron –todas ellas– un tendal de miseria, muerte y desolación, en aras del progreso y de un futuro promisorio. Así se ofrecieron muchas vidas para construir la llamada economía de mercado.

En 1834, el capitalismo industrial estaba a punto de ponerse en marcha y la reforma de la legislación de pobres dio la señal de salida. La Ley de Speenhamland, que había protegido a la Inglaterra rural y por tanto a la población trabajadora en general contra la fuerza del mecanismo de mercado, corroía a la sociedad hasta la médula. En el momento de su abolición, masas enormes de trabajadores parecían más bien espectros que pueblan las noches de pesadillas que seres humanos. Pero, si los obreros estaban físicamente deshumanizados, las clases poseedoras estaban moralmente degradadas. La unidad tradicional de una sociedad cristiana dejaba paso, en el caso de los ricos, al rechazo a reconocer su responsabilidad en la situación en la que se encontraban sus semejantes.[6]

En la actualidad, el sistema ha producido un estado de cosas que guarda paralelismos pero también muestra profundas diferencias con aquel momento inicial.

Nuevamente existe una grave crisis con la llamada “cuestión social”, pero en lugar de requerir de manera forzosa (y dependiente de las necesidades progresivas del capitalismo) el reclutamiento (y entonces la integración al sistema) de los trabajadores, ha generado una expulsión violenta de una fracción de la población, que ha pasado a ser desechable. Incluso las naciones desarrolladas contienen un sector que está por fuera del sistema (por ser pobre, por pertenecer a alguna etnia minoritaria, por ser inmigrante).

En sus comienzos el capitalismo llegó a perseguir a los trabajadores (reales o potenciales) para ser sometidos a trabajos forzosos (estar desocupado era un delito y reincidir en él se pagaba con la horca). Maurice Dobb afirma: "cuando la falta de trabajadores se agudizaba o surgía una demanda excepcional de fuerza humana de trabajo, se echaba mano a medidas especiales, como el reclutamiento forzoso de trabajadores". En esos tiempos se fijaban por ley salarios máximos y rigurosas penas a todo intento concertado de trabajadores por mejorarlos, y aun por aceptar un salario más elevado; hace obligatorio el trabajo en agricultura para toda persona sin ocupación; la Corona concede a los empresarios mineros el derecho al reclutamiento forzoso o les asigna presidiarios, que son ahorcados si se fugan; el desempleo es un delito brutalmente castigado, los vagabundos son "azotados con látigos por los agentes”, “marcado(s) en el pecho con un hierro candente” y “condenado(s) a ser esclavo(s) por dos años de cualquier persona que denunciara a ese vagabundo”, “la mendicidad era punible ... en caso de reincidencia, con la muerte”[7].

Hoy la desocupación es la norma (no la excepción), se la institucionaliza y se la utiliza políticamente, vía el clientelismo[8]. Y se la produce (como a la mendicidad), lo que no quiere decir que, a la vez, no se la castigue y se la estigmatice.

Dice Bauman: “El prefijo ‘des’ sugiere anomalía; ‘desempleo’ es un nombre para una condición manifiestamente temporal y anormal, de suerte que la enfermedad es de naturaleza ostensiblemente pasajera y curable” [9].

Actualmente, sin embargo, asistimos a la exclusión, fase superior de la marginación: ya no se trata de un sector que se cobija en los márgenes sino de quienes han sido ubicados ya por fuera de ellos.

Debería quedar claro que, contra la idea –digamos– romántica que atribuye apenas algunos desmanes al período de la génesis del capitalismo, éste se basó en la masacre de los trabajadores ocurrida bajo el paraguas de la creación de una sociedad “más justa” (el nazismo también postulaba que las turbulencias de su instauración se justificaban en el objetivo de le plenitud que proveería el Tercer Reich, con la frase “seremos felices al llegar”[10], así como se hizo para justificar otros genocidios, incluso el argentino). El progreso que desde entonces ocurrió en ámbitos diversos, y especialmente en el cuerpo normativo de leyes y otros instrumentos jurídicos, no debe ocultar que éstos sólo se aplican cuando hay una fuerza social que obliga a hacerlo, y que hay innumerables normas no escritas (centralmente por injustas) que se aplican a rajatabla porque la fuerza social dominante encuentra un marco no jurídico que las sostiene.

Este tiempo ilustra que el capitalismo, que no centró su dinámica en la justicia en su surgimiento, tampoco lo hará en su decadencia, y la exclusión no es una preocupación verdadera del sistema, salvo para servirse de ella.

2. La Salud: De la recuperación para la producción a la atención (solo) de clientes.

El universalismo que queremos hoy es aquel que

tenga como punto común la dignidad humana.

A partir de allí, surgen muchas diferencias que deben ser respetadas.

Tenemos el derecho de ser iguales cuando la diferencia nos inferioriza,

y el derecho de ser diferentes cuando la igualdad nos descaracteriza.

Boaventura de Sousa Santos

Conferencia en el Foro Social Mundial

Basta la salud, se dice por ahí. No es, sin embargo, sencillo que baste si no se sabe qué es. Canguilhem la define como la capacidad de decidir cómo gastar la propia vida, y en ese caso, si uno tiene la capacidad de hacerlo, efectivamente, basta con ello. ¿Qué más?

Pero en cuanto a lo que “se dice”, hay algo más para agregar.

Normalmente se entiende que la salud es función privativa de la medicina (si bien es cierto que ella concede algunos lugares selectos para que otras disciplinas digan algo sobre salud), y que la medicina es una ciencia objetiva, incluso “dura”. Malentendidos hubo siempre.

La medicina moderna ha surgido acompasada con el nacimiento del capitalismo, y se ha ido convirtiendo cada vez más en agencia de éste. La organización de la medicina (la real, la que se practica, la que dirige y la que controla, la que hace sentido en la vida cotidiana) se ha realizado de un modo totalmente funcional al sistema. Se creó por necesidades de él y desarrolló sus instituciones emblemáticas al servicio de él. El hospital moderno se creó por razones vinculadas con desarrollo del sistema capitalista. Antes eran “morideros” (hasta mediados del siglo XVIII nadie salía –vivo– del hospital)[11], pero las guerras y la revolución industrial requirieron que la gente fuera reparada y sobreviviera; y que se controlara la entrada de enfermedades en los puertos, pero se permitiera el tránsito de mercancías. Los manicomios, el uso de los medicamentos, la medicalización de los procedimientos y eventos naturales –incluso el nacimiento y la muerte, y ahora cada vez más eventos y situaciones: la muerte de otros, los sinsabores de la vida, la calvicie, l@s niñ@s inquiet@s– y de las emociones han sido funcionales al modo de organizar el mundo según las leyes del mercado. Todo se medicaliza y se medica. A todo le llega la norma (lo que transforma la distancia a ella en “anormalidad”) y la pastilla (para ceñirlo a la norma)[12].

Este marco es el único adecuado en el que debe analizarse la función del sistema de salud y su relación con la medicina. Puede pensarse en el sistema el argentino, que es fragmentado y excluyente, cuyo sector (o subsector) público es el único que ha dado respuestas (a pesar de su alentado y sostenido deterioro, con pocas oscilaciones, desde 1952), sobre todo en tiempos de crisis, cuando el subsector de Obras Sociales (O. S.) no pudo y el privado no quiso, defendiendo sus utilidades, ya que no contiene otra lógica que la del lucro, y en cada discusión privilegia ese papel. El de las O. S. ha respondido a una lógica que pudo haber sido discutible (que hace que la atención de la salud dependa de la relación laboral, lo que impide al menos como se impuso en Argentina cualquier tipo de sistema integral), pero hoy es –además inviable, con la desocupación estructural, el trabajo en negro y la baja del salario. El sector público termina conteniendo aún una lógica basada en la caridad (y es así que se respalda su desfinanciamiento crónico) en disputa con otra basada en el derecho a la salud, que no termina de instalarse, y que podría ser un modo de revertir (claro que no exclusivamente) la inequidad que sostiene. Ésta se ahonda en tiempos de crisis[13], cuando por ella el Estado la desfinancia aún más, al tiempo que los otros subsectores se repliegan y –sobre todo una fracción de las clases más acomodadas –devenidas en menos acomodadas compite con los más postergados por ser asistida con los mismos recursos escasos del subsector público. El capital cultural de los primeros termina por desplazar a los segundos. Este sistema desintegrado y desfinanciado establece en su dinámica un acceso diferencial, ahondando la marginación y la exclusión.

Como comentamos más arriba, la organización social ha requerido, desde su constitución, diferentes formas de marginación, y en la actualidad ha pasado a la exclusión, su fase superior. Allí el excluido pierde toda expectativa de inclusión, debido a que ninguna función se espera de él (no es ejército de reserva, no está parado a la espera de ser superada la crisis; está afuera). Las pocas que se le pueden encomendar requieren de muy poca gente, y se lo hace en condiciones cada vez más degradantes, es decir, a condición de no cuestionar en lo más mínimo su carácter de excluido. Por otro lado, el sistema de salud, antes que nada, es histórica y estructuralmente funcional a este estado de cosas, y ha ido acompañando, en términos generales, las transformaciones del capitalismo (y acompaña la actual), en cuestiones de control social, de biopolítica y de expropiación de la salud de las personas. Si bien no es nuevo, en los últimos 15 a 20 años ha desarrollado mucho más –y se ha acentuado en el período más reciente– aspectos del negocio de la salud, con una aún más fuerte imbricación estructural con el capitalismo, la globalización, etc. Ya crea enfermedades para que los medicamentos sean usados, genera sentidos del “ser saludable” que son vendidos con dispositivos funcionales al negocio de la salud. El 80% de la masa de dinero que las empresas de la Industria Farmacéutica (IF) mueven en el mundo lo hacen entre Europa (30%) y EE.UU. (50%), por lo que es esa masa la que determina no sólo lo que se produce, sino lo que se investiga, y por ende lo que se busca y lo que se diagnostica. Todo el tiempo nacen enfermedades nuevas o se extienden los límites de las que hay, a fin de dar cabida a medicamentos cada vez más caros y cada vez más inseguros, que resuelven cada vez menos problemas de las personas[14]. Del presupuesto de la Industria Farmacéutica, más del 70% se utiliza para funciones administrativas y –sobre todo– de marketing. Del resto, buena parte de lo que se usa para investigación es sobre medicamentos ya conocidos y cuyos aspectos innovativos son escasos o nulos (por eso luego pasan a la sección marketing, para que se encuentre el modo de venderlos como novedosos, con el mínimo esfuerzo investigativo). Se calcula que solo el 1,5% de la masa de dinero que maneja la IF lo hace en descubrir drogas innovadoras. Todo esto establece que los medicamentos se basen en las personas que tienen recursos para comprarlos, y que puedan ser objetivo del marketing. Los marginados y los excluidos no pueden ni lo uno ni lo otro, por lo que ni se investiga ni se invierte en resolver sus problemas. Nueva marginación y nueva exclusión.

Pero el sistema de salud sí puede (no el que tenemos) servir para incluir, y resolver (al menos en parte, al menos proponerse resolver, al menos no sostenerlos) los problemas de toda la sociedad. Para eso debe cambiar el carácter que tiene. Su lógica debe ser la del derecho a la salud, y por ello debe organizarse en torno a un acceso universal, con características que respeten la diversidad (de etnia, de género, de clase, etc.). Su financiación debe descansar en criterios equitativos y sus fuentes deben ser las rentas generales de la sociedad. Que es la que antes produjo las inequidades y las expropiaciones. Parte fundamental de su estrategia debe ser la (mal) llamada Atención Primaria de la Salud[15], que incluye, como parte sustancial (en especial, por la doble pertinencia de involucrar a los actores y devolverles su derecho a gestionar su salud; vg: desexpropiar), la participación social comunitaria en la toma de decisiones, así como las dimensiones económicas, sociales y ecológicas (por nombrar sólo algunas) que determinan la salud de la población.

3. De la universidad a la universalidad

¿Qué pretendemos de la universidad y de la ciencia? Buscar y hallar instrumentos para contrarrestar la marginación y la exclusión que la sociedad produce. Para ello se requiere aceptar el desafío (que incluye considerar que la marginación y la exclusión son éticamente injustas y socialmente producidas) y la consecuencia de ello, es decir, proponerse una tarea investigativa que se ponga al servicio de estudiar las causas y las razones de estos fenómenos y los procesos involucrados, para  producir vías para la resolución de esas condiciones. Que la universidad sea espectadora de esta situación, sin comprometerse, nos parece que acerca la situación a una de complicidad. Establecer las causas y las razones y no buscarles remedio nos parece una contradicción insalvable. El camino que tenemos es la búsqueda de justicia y equidad. Y en particular, en la universidad, nos parece que es el rumbo.


* Docente e investigador de la Cátedra Libre de Salud y Derechos Humanos de la Facultad de Medicina, UBA; coordinador adjunto para el Cono Sur de la Asociación Latinoamericana de Medicina Social.

[1] Pocos años antes, las primeras invenciones, similares a las que luego posibilitaron la Revolución Industrial, terminaron con sus inventores en la horca, como lo cuenta Marx en El Capital.

[2] La política de “alambramiento” o “cercamiento” (enclosure) fue uno de los modos fundamentales de privatizar la tierra en la transición del modo de producción feudal al capitalismo. Incluyó la cooptación de campesinos que se ilusionaron con la “propiedad” de la tierra, y luego la perdieron.

[3] Polanyi, Karl. La gran transformación. Ed. La piqueta. España. 1944.

[4] Polanyi, Karl. Op. cit.

[5] La ley de Speenhamland no era una ley sino un acuerdo para brindar recursos mínimos a los potenciales trabajadores para permitirles sobrevivir, equivalentes a una hogaza de pan por día, y algo más por cada hijo. Provocó, con el tiempo, una gran desorganización social entre los trabajadores. Casi como nuestros planes Jefes y Jefas.

[6] Polanyi, Karl. Op. cit.

[7] Moyano, Fernando. ¿Movimiento obrero jurásico? Revista Alfaguara Nº 18. Accesible en http://usuarios.lycos.es/Alfagua/LUDDITAS.html

[8] Para un estudio detallado del uso de la marginalidad y la exclusión en Argentina, véase el excelente trabajo de J. Auyero, La Zona Gris. Siglo XXI. Argentina 2007.

[9] Bauman, Zygmunt. Vidas desperdiciadas. La modernidad y sus parias. Paidós. Argentina. 2006.

[10] Bauman, Zygmunt. Modernidad y Holocausto. Sequitur. Madrid. 1997.

[11] Foucault, M. “¿Crisis de la Medicina o crisis de la Antimedicina?” yLa incorporación del hospital en la tecnología moderna”, en Estrategias de Poder. Paidós 1999.

[12] Canguilhem dice también (en “La salud: concepto vulgar y cuestión filosófica”) que “no hay ciencia de la salud (sino que) es un concepto vulgar (no) trivial sino común, al alcance de todos”. Postulamos que la “elevación” de lo vulgar al estatus “científico” (lo que cuestiona lo científico de la elevación) es función de la expropiación de lo vulgar por la medicina, y esto hace a su función normatizadora y de agencia del sistema.

[13] Es interesante en este sentido el modo en el que organismos internacionales como la OPS validaron como enseñanza adquirida por el Estado, en la crisis 2001/2002, sobre el papel del sistema de salud, que “(ahora se sabe que) siempre hay lugar para un ajuste más” (véase: Zeballos, J. L. “Argentina: efectos sociosanitarios de la crisis, 2001-2003”. Publicación Nº 57. OPS. 2003. Para un análisis crítico véase: Moyano, G y Escudero, J. C. La salud en Argentina: ¿en manos de quién? Disponible en http://www.fmed.uba.ar/depto/ddhh/multisectorial/argentina.doc)

[14] Desde hace más de una década, la tercer causa de internación en EEUU (la región que usa el 50% de la masa de dinero en medicamentos y determina el rumbo de todo lo ateniente e ello) es la complicación por el uso de medicamentos. Las ventajas obtenidas en curación, salud y bienestar están siendo comprometidas cada vez más en función al carácter primordial y excluyente del medicamento como mercancía.

[15] El concepto de Primary Health Care se ha “traducido” de un modo que pierde algo del sentido original, al reducir lo primario a lo elemental (y no a lo prioritario) y designar atención en vez del mucho más abarcativo “cuidado de la salud”.

Moriremos todos?

Moriremos todos?

"Frente a las enfermedades que genera la miseria,
frente a la tristeza, la angustia
y el infortunio social de los pueblos,
los microbios, como causas de enfermedad,
son unas pobres causas".
Dr. Ramón Carrillo

 

 

 

El titular de portada del excelente quincenario Barcelona (que funge de humorístico), que se edita en la Ciudad de Buenos Aires, expresaba –en título catástrofe- a la semana de la eclosión de la pandemia: “Morirán Todos”…y luego de una enumeración de pestes varias, inseguridad y de recomendar “evitar la paranoia”, remataba: “cómo reaccionarán los mercados ante la falta de gente”

En donde estamos parados?

De golpe (pero no es novedad, cada tanto surge o resurge un clima apocalíptico de una epidemia en la que “moriremos todos”) el futuro se tiñe de incertidumbre al punto que se ha usado una figura en la que se nos ve volviendo a la etapa de cazadores y recolectores, luego de la haber estado cómodamente instalados en la era de la previsibilidad: volver a vivir de la caza y de la pesca. La co-incidencia entre pandemia y crisis global no debería pensarse casual, entre otras cosas porque el mercado de los medicamentos compite en el podio de los tres más importantes del mundo, junto con el de armas y el narcotráfico. Más, en plena crisis, el mercado de medicamentos sigue aumentado en EEUU (y seguramente en otros lados), ya antes de la ‘pandemia’ pero más aun luego de su instalación. Se calcula que el mercado de medicamentos mueve 600000 millones de dólares, y que EEUU consume casi el 50%, (en 2008 fueron 291000 millones[1]), Europa el 30% y Japón cerca del 10%. Vale decir que el resto del mundo define la orientación del mercado de medicamentos en un 10%. Si se toma en cuenta que al interior de cada país del llamado ‘tercer mundo’, la inequidad suele ser mayor[2] que en otros lugares (América Latina es el continente más desigual del mundo), se puede asegurar que los más desfavorecidos del mundo no acceden a los medicamentos que necesitan. Si solo fuera eso sería catastrófico; pero la realidad es aun peor.

Esta distribución de recursos hace que la inversión vaya a los problemas de salud que tiene la población que sí consume los medicamentos, por lo cual el diseño de los objetivos investigativos tiene en cuenta en forma primordial (y por mucho) esas necesidades. Esta tendencia no es de ahora sino desde hace décadas. Sin embargo, hace unos 15 o 20 años las cosas se han estado agravando aun más. Por un lado, la Industria Farmacéutica (IF) ha definido que no vale la pena invertir en investigación (de la que hace mucho exagera su costo, además), dado que obtiene mejor rentabilidad si desarrolla fármacos sobre la base de los ya conocidos, a los que le cambia parte de su molécula para presentarlos como novedad, cuando ésta es –en realidad- de escasa o nula relevancia. Por eso desarrolla los llamados medicamentos “me too” (del inglés “yo también”, es decir, hago lo mismo que hacía el que vengo a reemplazar). Esta técnica (y la complicidad médica) implica una posibilidad de renovar patentes de medicamentos antes que estos dejen de ser un negocio rentable, y multiplicar las ganancias. Esto explica que la IF invierta mucho más dinero (el 75%) en su departamento de marketing (que incluye los rubros de propaganda, pero también los de coimas a médicos y funcionarios, los de lobbies diversos, etc.) que en el departamento de Investigación y Desarrollo (I+D), al punto que este último representa el 20% de su presupuesto. Como además el grueso de esa I+D se dirige a los medicamentos “me too” estamos frente a un fenómeno similar al que Libertad (la amiga de Mafalda) refería sobre los diarios, de los cuales decía que inventan la mitad de lo que dicen, y sumado a que no dicen la mitad de lo que pasa, resulta que los diarios no existen. Algunos expertos aseguran que la parte que se dedica a investigación relevante no excede el 5%.

Pero ocurre que la situación es aun más grave.

Hasta hace unos 20 años (algo ya adelantamos) los medicamentos eran también una mercancía, además de un recurso científico para la resolución de problemas de salud. Hoy son fundamentalmente una mercancía y solo son ‘lo otro’ de un modo accesorio. Por ello desde hace tiempo el Staff de la IF está compuesto por especialistas en marketing, que han estado reemplazando a quienes al menos tenían una historia específica sobre medicamentos. Y por ello desde ese tiempo la IF se ha dedicado a otro rubro exitosísimo que es el de la promoción de enfermedades, produciendo lo que se conoce como “mongering diseases”, expresión que hemos traducido como “morbotraficantes”. La lista de ellas es interminable, y van desde el síndrome (o trastorno) de déficit de atención con hiperactividad (TDAH o TDHD), problema de salud descripto luego de haberse ‘descubierto’ el metilfenidato o Ritalina[3], hasta síndromes variopintos incluyendo la medicalización de emociones y de etapas ‘normales’ de la vida. No es de extrañar entonces que enfermedades como el dengue (que era privativa de zonas tropicales, pero el cambio climático y el modelo sojero –con sus cambios de distribución de la población y su depredación del ecosistema que favorece la extensión y permanencia los mosquitos) y el Mal de Chagas no sean atendidos por la IF, dado que los afectados no tienen capacidad de compra y a los Estados no les interesa la supervivencia de ellos.

Sería para mucho más, pero era necesario esbozar este panorama para ubicar lo que pasa con el Dengue y la Gripe A (que casualmente dejó de llamarse mexicana cuando EEUU casi duplicó el número de casos que su vecino del sur, y dejó de llamarse porcina cuando la gente –paranoica- hizo peligrar la venta de carne de cerdo).

 

Es el capitalismo, estúpido

La verdadera peste es el capitalismo, que de obvio que es parece necesario rematarlo con una imprecación como lo hacía Clinton en su campaña electoral.

La producción de medicamentos (y toda la medicina) no puede garantizar salud a la población si está pensando en rendir ganancias. La producción de alimentos no puede garantizar alimentar a la población si el objetivo es ganar dinero a toda costa con la organización de su producción. Hace 40 años EEUU criaba cerdos en un millón de granjas, y la cifra total de (esos) animales era de 53 millones. Hoy hay 65 millones criados en 65000 establecimientos, donde están hacinados y se les da de comer alimentos diseñados para su rápido (y caótico) engorde. Todo el ganado es alimentado en feed lots, los pollos se encierran y se los ilumina con luz artificial durante 24 hs. para que no tengan ‘ciclos’ diurnos y engorden de continuo. Se les suministran hormonas y antibióticos que pasan a las personas (es común encontrar niños varones con mamas por alimentase a base de carne de pollo y con soja, que produce el mismo fenómeno: ginecomastia). Consecuencias de esta locura –precisamente- fue la aparición de la “vaca loca” por ser alimentada con carne y huesos molidos de oveja (mezcla que se comenzó a cocinar a menor temperatura por la crisis del gas), por lo cual una enfermedad privativa de la última pasó a la primera; y luego al humano. La mezcla de animales en condiciones de hacinamiento y de suciedad extrema, la idea de producir quilos de carne y no alimento de calidad, el desprecio por quienes trabajan en esos antros (y las condiciones en las que lo hacen) son un cóctel macabro cuyo resultado debería sorprender por lo escaso y tardío, pero debería quedar claro que esto no comenzó ahora, pero mucho menos termina con esta gripe.

La depredación del campo para la producción de soja –por un lado- y la desertificación producto del monocultivo de eucaliptos para pasta de celulosa –por otro- (para poner solo dos de los grandes disparates actuales) están destruyendo las ventajas comparativas de estas tierras para ‘aprovechar’ la oportunidad de ganancia inmediata. Y si esto produce enfermedades, bien nuevas, bien extensión de las que estaban limitadas geográficamente cuando el ecosistema era sostenible, estará allí la Industria Farmacéutica para aprovechar la rápida ganancia que estos medicamentos produzcan, siempre y cuando alguien lo pague.

El camino es redefinir el mundo que queremos, y es un mundo en el que se trate de que la gente viva en él. Para eso el modelo no puede ser el de la ganancia si es que ella compromete la superviencia –precisamente- de la gente. La producción de alimentos no solo ha extremado una eficiencia ficticia (ya que produce en enormes cantidades pero hay cada vez más hambrientos) sino que su calidad es cada vez más desastrosa medida en función de alimentar humanos, a quienes enferma cada vez más y cada vez de un modo más diverso: ya no solo con aumento de peso, de enfermedades cardiovasculares, hipertensión, diabetes, etc.; sino en destrucción del ecosistema, calentamiento global, estímulo para viejas y nuevas epidemias, contaminación ambiental, malformaciones congénitas (por esa contaminación) y desastres de todo tipo, todo por una producción que –insistimos- es en realidad mucho menos eficiente que la de escala adecuada a la dimensión humana.

La IF no puede estar en manos de quienes solo quieren vender al mayor costo posible medicamentos de valor discutible o pernicioso. El famoso oseltamivir (el Tamiflu robado por Donald Rumsfeld a la medicina tradicional, ya que su base es el anís estrellado patentado por la IF) perdió buena parte de su efectividad en función de su industrialización, pero se está convirtiendo en el mejor negocio de los últimos años (y ha hecho elevar los valores de la bolsa de Roche, en plena crisis mundial). En Argentina el tratamiento por cinco días (el mínimo que se acepta que serviría para algo, aunque aun no se sabe bien para qué) cuesta $130 a $150 (diez comprimidos, dos por día). Mientras tanto esta ‘pandemia’ afectado a unas 7000 personas ha costado la vida de 65 personas en todo el mundo (hay que contar con que solo en EEUU cada año mueren 70000 personas por la gripe común) y aquí en Argentina mueren cada semana 10 personas por Chagas y cada hora y media se produce una muerte –por razones evitables, y no de un modo oneroso- de un niño menor de un año. Cada año mueren aquí 21.800 personas por mal uso de medicamentos, muchos de ellos poco menos que inservibles para otra cosa que para que la IF gane dinero.

Dejemos de mirar para otro lado. La enfermedad se llama capitalismo. De esto sí que moriremos todos.

Busquemos la cura.

 

 

 


[1] Ya hay proyecciones que ubican una duplicación del gasto en medicamentos en el EEUU de Obama. La cuota del mercado que define y ‘formatea’ EEUU será entonces seguramente mayor, y probablemente aumente la de Japón y algo la de Europa. Con las cifras que se manejan, el resto del mundo pasará del actual insignificante (medido además en relación con la población que representa) 10% a cifras mucho menores.

[2] Como ejemplo, la población del barrio porteño de Palermo consume más medicamentos que las de las provincias de Tucumán, Santiago del Estero y Catamarca juntas.

[3] Hace unos meses se bombardea la TV argentina con medicamentos que hasta hace poco requerían diagnóstico adecuado, indicación y seguimiento, y hoy todo se resume a –es un ejemplo de varios posibles- ‘acidez frecuente’ –cuyo diagny tome este medicamento por su cuenta; lo que puede ocurrir es que dentro de un año sepamos que era un cáncer de estómago, pero ud. la pasó sin ‘acidez frecuente’ todo este tiempo y no me diga que no lo disfrutó.